Los Comités de Bioética de España y Portugal analizan el uso excesivo de Tecnologías Digitales en la Infancia y la Adolescencia

Un nuevo informe elaborado conjuntamente por el Comité de Bioética de España (CBE) y el Consejo Nacional de Ética para las Ciencias de la Vida de Portugal (CNECV) analiza, desde el punto de vista ético, cómo puede afectar a la salud infantil y adolescente el uso excesivo de las tecnologías digitales. Las recomendaciones de ambos comités fueron presentadas y debatidas el pasado 5 de marzo en Lisboa y hoy se ha publicado la versión completa del informe en español.

Ambos comités señalan que el uso de estas tecnologías debe desarrollarse en un marco que garantice unas condiciones adecuadas de seguridad y privacidad.

La evidencia muestra que la tecnología digital ya no es algo externo a la vida de niños, niñas y adolescentes, sino un entorno que puede favorecer su desarrollo o generar riesgos si está mal diseñado o regulado. Los usos excesivos, descontrolados o sin supervisión —sobre todo cuando existe pérdida de control y deterioro funcional— se asocian de forma consistente con posibles problemas de salud mental, como ansiedad, síntomas depresivos, desregulación emocional o alteraciones de la autoimagen; problemas físicos, como dolor musculoesquelético, fatiga o trastornos del sueño; y dificultades en el desarrollo cognitivo y socioemocional, como déficit de atención, problemas de lenguaje en edades tempranas o cambios en los circuitos de recompensa e inhibición en contextos de uso problemático.

Además, un uso inadecuado de los dispositivos por parte de padres y madres puede interferir en la atención y en la calidad de la interacción con sus hijos e hijas, afectar al bienestar durante la infancia y la adolescencia, debilitar los vínculos y reducir la capacidad de regulación emocional y cognitiva en la vida diaria.

El impacto de la tecnología digital no depende únicamente del tiempo de uso, sino también de cómo, cuándo y con quién se utiliza. Influyen factores como el contenido, el propósito, el contexto, la mediación adulta y las vulnerabilidades previas. Por ello, no existe una base sólida para imponer límites rígidos y uniformes centrados exclusivamente en los minutos de pantalla, ya que estas restricciones pueden incluso generar efectos adversos, como aislamiento o un aumento de las desigualdades.

La respuesta ética no pasa ni por demonizar la tecnología ni por aceptarla de manera acrítica. Es necesario reconocer que puede aportar beneficios reales —como conexión, aprendizaje, creatividad o participación—, pero que estos dependen, entre otros factores, de unas condiciones adecuadas de seguridad, privacidad y diseño.

El enfoque debe centrarse en fomentar la resiliencia digital y una mediación parental activa, acompañadas de rutinas de protección que incluyan espacios y momentos libres de pantallas. Entre las prioridades se encuentran la detección e intervención precoz ante signos de uso problemático; la organización de la vida diaria para proteger el sueño, la actividad física, el juego y la interacción social, mediante reglas sencillas y coherentes tanto en casa como en la escuela; y la creación de entornos digitales más seguros por defecto, con menos elementos de diseño manipulativo y mayores niveles de protección y transparencia.

Proteger a la infancia en el entorno digital es una responsabilidad colectiva que implica al Estado, las empresas, la sociedad civil, los sistemas educativo, sanitario y de servicios sociales, así como a las familias y a los propios jóvenes. El informe ofrece un amplio listado de recomendaciones dirigidas a todos estos actores.

El objetivo del informe es promover una infancia y una adolescencia protegidas en el ámbito digital, favoreciendo su salud, sus vínculos y su aprendizaje mediante criterios de calidad, seguridad y justicia.

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